Lo que he aprendido en mi clase de yoga militar

Hoy he ido a mi sesión semanal de yoga militar. 

Te explico. Esta clase la da un muchacho muy enérgico con la voz rota como la de Sabina al que llamaremos Moisés. 

Mira que he recibido clases de yoga diferentes. 

Y a esta le he puesto el título de yoga militar (otro día te cuento mi experiencia con el yoga geriátrico). 

Nada más entrar, una orden, a todo gritar: 

– ¡Condición sine qua non, dejar la mente fuera!

Joer. ¡Qué susto! Yo que estaba toda relajada entrando en modo yogui-postureo-medito-antes-de-que-llegue-el-profe, casi me cuadro ante él: “¡AR!” 

Si ese era el principio, imagínate el resto. Toda una retahíla de órdenes respecto a la posición de cada músculo y, sobre todo, respecto a dejar fuera de la sala cualquier pensamiento.

Pero así, en tralla.

Sin espacios.

Y con expresiones rarunas. 

– Relaja bien los isquios, dejando que se disipe la energía convocada hacia el exterior de tus esfínteres. Convierte cualquier pensamiento malo en bueno, cualquiera bueno en mejor. Aguanta el fuego del estiramiento mientras elevas la cresta ilíaca y respira llevando el aire a tu clavícula sintiendo cómo se genera un masaje interno profundo.

Mira, porque ya bastante tengo con saber lo que es la cresta ilíaca, y aprender a moverla. Que sino me estaría muriendo de risa durante toda la clase. 

El caso es que Moisés no conoce el silencio. No es su estilo.

Y Moisés llena sus clases (de palabras y de personas). Porque como tiene su estilo, tiene su público. 

Y de tanto en tanto, aunque sea por estadística, Moisés suelta una perla.

Hoy había un chico poco flexible que necesitaba la ayuda de un cinturón para hacer los ejercicios, pero que se resistía a utilizarlo.

Y el profesor le ha dicho:

– Las ayudas son de campeones. 

Y mira, me ha gustado.

Cuántas veces pensamos que podemos hacer las cosas por nuestra cuenta, que no necesitamos de nadie más. Ese orgullo que nos hace ir más despacio por la vida. 

Bueno, dejarnos ayudar es mágico.

Nos conecta con la humildad, y acelera nuestro propio progreso. 

Si crees que no necesitas mejorar hablando en público, piensa si estás en lo cierto o si simplemente te estás resistiendo a que se evidencie que no se te da tan bien (como le pasaba al chico del cinturón), y a tener que trabajarlo. 

Para comprometerte contigo y acelerar tus progresos, tienes nuestro curso “Disfruta hablando en público”
 
PD:
En el curso no te voy a enseñar a hablar como Moisés. A no ser que seas Moisés, entonces sí: porque en el curso vas a aprender encontrar tu propio estilo, para que tengas tu propio público. Apúntate arriba. 

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