El infierno de grabar vídeos molones

Grabar mis primeros vídeos, explicando cosas para redes sociales, era todo un infierno.

Me pillaba unos cabreos guapos, guapos.
Y les dedicaba un montón de horas.

Lo que pasa es que una tiene la cabeza de hierro. Y hasta que no di con la solución, me fui dando cabezazos una y otra vez.

Pimpam, pimpam, pimpam. Hasta ver la luz.

La cosa iba más o menos así:

Al principio de semana pensaba: de esta no pasa que grabe un vídeo. Repasaba mentalmente la agenda y sentenciaba: Lo haré el miércoles.

Pero no sabía bien de qué hablar. Cuando al fin decidía el tema, escribía cuatro cochinas notas en un papel y ale.

Llegaba el miércoles. Y quizás ese día yo no estaba muy pa’fuera…

O peor, en el exterior avecinaba tormenta. O nieve.

Y yo, cabezota de mi, había decidido hacer mis vídeos en exterior y en el exterior iban a ser (Así me aseguraba que había algo especialmente interesante en el vídeo que pudiera captar tu atención).

Si tenía suerte y hacía sol, me tragaba mis ganas de estar pa’dentro y buscaba la hora adecuada de luz, que no fuera muy dura.

Mejor la de la tarde, pero que no me de muy de lado porque sino sale media cara en sombra y media quemada.

Vale, llegaba el momento bueno de luz.

Salía fuera.

Montaba un trípode.

Colocaba mi móvil viejuno con la cámara frontal (la otra no tenía calidad suficiente).

Buscaba el encuadre a ojímetro, imaginando dónde me colocaría.

Le daba a grabar, me alejaba, ponía algún tipo de señal en el suelo y me ponía a hablar cosas aleatorias:

waitala, waitala, waitala, waitala…

Y de vuelta al móvil a ver cómo había quedado.

Uy, estoy desplazada a la derecha. Imagínate la repetición de esta escena hasta dar con el encuadre.

(Una vez lo hice con nieve, porque daba mucho rollete -puedes verlo en Youtube- y claro, además de tener que gestionar también mi moquillo, casi me gangreno las orejas).

Y ¿sabes qué me había pasado más de una vez?

Pues que se me había olvidado poner el móvil en silencio y me llamaban cortando la grabación.

O que hacía una rasca del copón y la batería, viejuna también, se apagaba antes de lo previsto.

O peor aún, que a media grabación se ponía el sol y el vídeo quedaba sin definición.

Así que entraba en casa con el trípode entre las piernas, rebufando, jurando en hebreo y sin vídeo hecho.

Tocaba volver a empezar.

Eso me hace pensar en las personas que quieren conquistar el Everest y buscan su ventana de buen tiempo. Con la gran diferencia que ellas pueden estarse semanas esperando el momento perfecto.

Con todo el material y la ruta a punto.

Aquí estaba mi fallo.

En todo mi “plan”, había demasiado espacio para la improvisación.
No tenía controlado casi nada, y eso hacía que las circunstancias me acabaran controlando a mi.

Pero poco a poco fui consiguiendo cambiarlo. Y ser yo la que tenía las cosas “bajo control” para poder hacer vídeos, no sólo dignamente, sino también de forma mucho más eficiente.

Si tienes la cabeza un poco más blandita que yo y algo más de astucia, o no tienes ganas de romperte la crisma equivocándote una y otra vez, te explico todo lo que he aprendido en el curso “Cómo hacer vídeos naturales y auténticos”.

En espacio seguro, antes de salir a la inmensidad de las redes.

PD: Ahora que he encontrado la forma de hacer vídeos eficientes, he dejado de hacerlo por un tiempo. Es lo que tiene ser cabezota, que parece que disfruto con los cabezazos. Ahora mis vídeos son de interior, que tienen otros intríngulis, que también te explico en la clase. Ya sabes, enlace arriba.

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