¿Te agotan las vídeollamadas?

“Fatiga por Zoom”

Puede que la hayas experimentado…

Poco hemos tardado en ponerle una etiqueta a este nuevo fenómeno.
Ais, ¡cómo nos gusta etiquetar!

Parece ser que las vídeoconferencias (ya sean por zoom o por cualquier otra herramienta similar), nos exponen a una nueva forma de relacionarnos que puede agotarnos muy fácilmente.

A mi me pasa, especialmente en los Zoom con colegas.

En una vídeoconferencia intervienen varios factores que no ocurren en el mundo real.

Voy a explicarte 7, que hoy vengo parlanchina:

1.- Sabes que la gente te ve, pero no puedes identificar quién te mira. Esto, si tienes dificultades con la exposición, puede añadirte tensión y estrés.

En un grupo en persona, puedes estar “a la guait” de las miradas y conexiones grupales. A lo que está pasando entre todas las personas a la vez. Y puedes “esconderte” más fácilmente creando conversaciones en subgrupos por ejemplo.

2.- La tecnología, que tanto te acerca a otras personas ahora mismo, también te presenta nuevas situaciones que se transforman en interferencias: Gente que va paseando por el pasillo de casa con el móvil en la mano, ruidos de niños y mascotas de fondo que captan toda la atención de pantalla+micro en esa casa e interrumpen a quien estaba hablando, caras ilegibles a contraluz, pantallas que botan y rebotan mientras la persona habla, micros que no chutan y que hacen cerrar los ojos, estirar las orejas y sudar a quien está escuchando (para acabar sin entender ná de ná igualmente), …

En la “vida real”, si no ves bien siempre puedes moverte, o encender una luz. Si no oyes bien, te basta con pedir a la otra persona que hable más alto, leñe. No suele haber pasillos por los que pasear y si los hay, quien se va a pasear se pierde la conversación, como cosa suya. El resto nos quedamos bien tranquilas…Cuando aparecen ruidos de niños y mascotas, quien está hablando lo identifica más claramente y puede esperar, o alzar la voz…

3.- Sólo ves lo que se ve a través de la pantalla…que suele ser los hombros y la cabeza. Pero, ¿qué pasa con el resto del cuerpo que tanto te ayuda a expresarte o a entender a las personas con las que hablas?

En persona, puedes identificar mejor si el lenguaje verbal y el no verbal de quien habla están alineados. Reforzando o debilitando la potencia del mensaje. Dándole una capa de emocionalidad que a veces sólo la cara y la voz no pueden darle (especialmente si tu micro no funciona).

4.- Las interacciones a través de la pantalla requieren unos tempos un poco más lentos. Si lanzas una pregunta en una vídeoconferencia, necesitas prepararte para sostener el silencio un ratiiiito más que en la vida real. Con lo difícil que es sostener el silencio…¡ya no te digo cuando estás a solas en una habitación delante de un ordenador!

En un grupo, si haces una pregunta…puedes pasear tu mirada y en un segundo ves quién está a punto de hablar. Ese silencio se sostiene mejor, claro. Porque recibes los indicios más fácilmente.

5.- Por la distancia física y la falta de lenguaje no verbal, no sabes muy bien cuándo intervenir. Y cuándo lo haces, Murphy aprovecha para animar a otra persona a hablar en ese preciso milisegundo, creando una situación incómoda: habla tú, no tú…ya no digo nada…venga tonti, dale caña…y así.

Vale, esto también te puede pasar en tus encuentros en persona. Pero pasa menos, y ya sabes cómo manejarlo. Llevas años relacionándote así. Te parece natural, espontáneo.

6.- Si no hay nadie que modere (lo que ocurre en llamadas con colegas o familia), falta dirección en la conversación y cuesta mucho saber cuándo acabar. Y te acabas encerrando en Zooms de dos o más horas. El confinamiento dentro del confinamiento.

En un bar, siempre puedes hacer una despedida a la francesa. O alegar que tienes un compromiso y tienes que largarte (físicamente). O disfrutar de dos horas de encuentros desternillantes con tus amigas.

7.- Y no olvidemos la última, que no aparece en ninguno de los artículos que he visto sobre la “Fatiga por Zoom”. La situación actual no es normal, quién más quién menos está lidiando arriba y abajo con sus emociones y miedos. Y eso tambíen se nota, en las conversaciones y en las relaciones. Y eso, siendo algo relativamente “generalizado”, cansa mogollón.

Porque anda que no mola cuando estoy bajita de ánimo y me junto con mi logia y me trasladan tooodo su buen rollo. Pues ahora eso pasa un poquito menos.

¡Eso sí que sube el nivel de energía de cualquiera!

Bueno, y visto lo visto, igual te preguntas:

¿Qué puedo hacer yo para evitar la fatiga por Zoom?

Pues mira, no tengo ni idea.

Porque no conozco tu capacidad o autoridad para cambiar cómo se comportan las personas de detrás de tu pantalla.

Lo que sí que sé es que tú puedes cambiar tus acciones.

Y contribuir, desde tu humilde recuadrito de píxeles de la pantalla, a reducir la fatiga por Zoom de las personas que te miran.

Con un buen encuadre, una buena luz, audio decente…marcando algunas pautas para la reunión, adecuando cómo usas tu voz y tu lenguaje no verbal…tus decisiones pueden aliviar e inspirar a otras personas.

Aplica aquello de “Se tú el cambio que quieres ver en el Zoom”.

¿Cómo hacerlo? Aquí tienes algunas pistas: “Cómo hacer vídeos naturales y auténticos”.

PD: Enlace arriba.

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